Cuna de la minería, set cinematográfico e invaluable tesoro de aguas termales.
La historia de Gogorrón comienza en 1592, cuando las primeras Mercedes fueron otorgadas al Capitán Don Pedro de Arizmendi y Gogorrón, un tenaz explorador de origen vasco (Vizcaya) que denunció minas en el Real de San Pedro de Potosí. Nacida de la fiebre minera, la hacienda se dedicó inicialmente a moler y afinar oro y plata, combinando esta actividad con la agricultura y ganadería.
Un dato fascinante de su fundador es que, a pesar de su prosperidad, enfrentó serios problemas con el Santo Oficio de la Inquisición, debido a señalamientos sobre su posible origen judío o morisco, una controversia que marcó la historia temprana de la propiedad.
Tras tres generaciones en manos de los Gogorrón, la propiedad fue vendida al Marqués de la Villa del Villar, Don Juan Antonio de Urrutia y Arana, conocido benefactor de Querétaro. Más tarde, sus herederos emparentarían con los Condes de la Canal y Samaniego. Fue bajo Francisco de Samaniego que la hacienda cayó en ruina, siendo adquirida en ese estado por Don Felipe Muriedas y Foz.
Este visionario, oriundo de Santander, la transformó en una de las haciendas más productivas del Porfiriato. Muriedas rehabilitó las mezcaleras y construyó una gran textilera que operaba todo el año gracias al ganado lanar. Sin embargo, su mayor acierto fue la explotación del gran tesoro de Gogorrón: las aguas termales, que utilizó para mover turbinas y generar energía eléctrica para su fábrica.