Cuna de metales preciosos, tierra de ganado bravo y referente en la producción de ladrillo.
Originalmente, estas fértiles tierras fueron propiedad de Pedro de Anda, Pedro de Arce y Francisco Cárdenas, quienes las dedicaron al beneficio y procesamiento de metales. En 1606, el escribano Matías Pardo compró la propiedad, instalando un molino y hornos de fundición, y estableciendo las bases de lo que se convertiría en la próspera hacienda que lleva su nombre.
La Hacienda de Pardo conoció grandes periodos de auge. Uno de sus momentos más exitosos fue en manos de los señores Agustín Flores y su hijo, quienes diversificaron la producción, introduciendo la cría de ganado caballar y ganado bravo (toros de lidia), actividad que se sumó a la minería y el cultivo.
Posteriormente, la propiedad pasó a manos de Don Manuel Hernández Acevedo, un empresario visionario del Porfiriato. Hernández Acevedo hizo de Pardo un referente industrial, dedicándose a la producción a gran escala de ladrillo para bóveda catalana, un material altamente demandado que exportaba un alto porcentaje a la Unión Americana y comercializaba en estados vecinos como Zacatecas.
Para potenciar este negocio, Hernández Acevedo constituyó una importante sociedad con el maestro alarife español Guastavino, inventor de la técnica de bóveda, y con Don Jorge Prieto Lawrence. Además de la producción de ladrillo, reactivó con éxito la producción de mezcal, manteniendo la hacienda como un complejo agroindustrial de gran relevancia.